Querido amigo:
No tienes idea del gusto que me da verte hoy porque
esta semana ha sido, literalmente, de locos.
Muchos cambios se han dado de manera abrupta y ahora ando en el proceso
de asimilarlos; sin embargo, me siento feliz de poder compartir este tiempo
contigo, para poder profundizar algunos temas que en la vida diaria muchas
veces pasamos por alto.
Y, justamente, con relación al tema que quería
conversar hoy contigo, viniendo para acá recordé algo que pasó hace algunos
años con mi hija, Cami. Resulta que ella
estaba por hacer un viaje con su papá a Estados Unidos y a último momento
recordó que no tenía una casaca abrigadora.
Entonces, me acordé que yo tenía una blanca, de plumas, era mi preferida,
y se la presté y le advertí que la cuidara.
Para hacer corta la historia, la dejó en un hotel al final de
viaje. No te imaginas cómo me puse. No es algo de lo que me jacte precisamente… Lloré como una “magdalena” y la grité. El apego era increíble. Años más tarde, cuando ya había empezado a
trabajar ciertas cosas en mi vida, sucedió algo similar pero en otras
circunstancias y mi reacción fue algo así como: “bueno, qué se le va a hacer,
se perdió”.
En tal sentido, y hablando del mundo material, vivimos
en una sociedad de consumo que poco a poco ha ido transformado lo que es
accesorio en “necesario”. El apego tiene
diversas formas, es decir, podemos sentir apego por personas, animales u
objetos que tengan algún valor sentimental pero también, tiene relación con el
acogimiento de nuestras creencias o formas de hacer las cosas. Por tal motivo, el apego nos limita
causándonos sufrimiento. Éste tiene su
base en temor e inseguridad por falta de conocimiento de nosotros mismos. Es un estado emocional que nos vincula, a
veces compulsivamente, a una cosa, persona o pensamiento, que genera la
creencia de que sin él no se puede ser feliz.
Ahora bien, ¿cómo desapegarnos?, es decir, ¿cómo desprendernos
de nuestro interés por un resultado, sin renunciar a la intención que le
ponemos; abriéndonos a lo desconocido y a un sinfín de posibilidades? El desapego se logra viviendo el presente,
el aquí y el ahora, aceptando la realidad y lo que sucede. Tiene que ver con disfrutar de las cosas, que
a su vez, son transitorias y cambiantes.
Los niños crecerán, algunos amigos dejarán de serlo y algunos amores
se irán. Debemos aprender a afrontar esto con integridad; sin embargo, lo que
no cambia es nuestra capacidad de querer, que empieza por querernos a nosotros mismos.
Por otro lado, el desapego no significa que nada nos
importe sino, más bien, aprender a amar, preocuparnos e involucrarnos sin
generar un caos interno. Significa dejar
de lado la necesidad de poseer para ser felices. El desapego nos libera y nos hace ser
flexibles sin la barrera de la certidumbre.
Asimismo, implica tener el coraje de tomar conciencia de que las
pérdidas pasan y son inevitables.
Igualmente, debemos ser conscientes que nosotros
mismos somos responsables de nuestra existencia y de lo que hacemos. Esto implica asumir nosotros mismos el
cultivar nuestra propia felicidad, no depende de nadie más. Paralelamente, debemos aprender a perdonar,
para sentirnos liberados y centrarnos en el aquí y ahora.
De otra parte, el desapego implica NO hacerte
responsable de la vida de otros y tampoco aceptar que otros te impongan sus “cadenas”
para atarte a ellos.
Finalmente,
llego a la conclusión que nosotros no tenemos el control de nada. Es el Universo, la Fuente, Dios o como se
prefiera llamar quien realmente dispone de todo lo que sucede. ¿Tú qué opinas, mi amigo?

No hay comentarios:
Publicar un comentario